Hace unos días se celebraba el Día internacional de la Felicidad, concretamente el 20 de marzo. Este día fue instituido por Naciones Unidad con el objetivo de que los Gobiernos crearan políticas públicas dirigidas al bienestar de las personas, para que éstas se sientan más satisfechas con sus vidas.

Siempre es bueno celebrar las cosas, y ¿porque no? también tenía que haber un día para celebrar la FELICIDAD, algo tan anhelado por el ser humano desde siempre.

El concepto de felicidad surge ya en tiempos remotos con grandes filósofos como Sócrates (para ser felices se centraba en principios como “¡conócete a ti mismo!”, “¡la verdad te hará libre!”), Aristóteles (para él la felicidad era “el fin supremo que perseguimos en todos los actos de nuestra vida”) o Séneca (que decía: ”Todos los hombres quieren ser felices, pero sólo lo consiguen quienes, gracias a la razón, ni desean ni temen”.

Estos y otros pensadores de la antigüedad establecieron los cimientos teóricos de este término que es la felicidad.
Después le han ido siguiendo otros psicólogos muy importantes como Abraham Maslow (con su pirámide de las necesidades humanas y la autorrealización como enfoque para conseguir la felicidad), Carl Rogers (que propone la terapia centrada en la persona: el autoconocimiento como base de la personalidad y que cada persona es individual y única), Martin Seligman (que se centra en las bases del bienestar psicológico y de la felicidad así como de las fortalezas y virtudes humanas ) o Mihaly Csikszentmihalyi (“la gente es más feliz cuando está en un estado de fluir: estado mental operativo en el cual una persona está completamente inmersa en la actividad que ejecuta”).

Éstos psicólogos han ido dejando su huella con la psicología humanista y positiva, la cual se centra en aspectos positivos de la persona, sus potenciales y su capacidad para superarse a si mismos. Después de años de experiencia en la práctica de la psicología de la salud, tanto con niños, adolescente y adultos, ésta es la corriente con la que más me identifico; trabajando en este sentido se consigue que el paciente/cliente se haga cargo de su vida, con sus circunstancias y su realidad, siempre desde un enfoque activo y eficiente, aprendiendo estrategias de inteligencia emocional, pensamiento positivo o resiliencia, entre otras.

Algunas de las claves para sentir que somos dichosos y que tenemos una vida placentera pueden ser:

1. Centrarnos en las emociones agradables y que nos hacen sentir bien. Adquirir las habilidades para amplificarlas y aumentarlas.
2. Enfocarnos en nuestra parcela personal (familia, amigos). Al ser seres sociales, las relaciones interpersonales juegan un papel muy importante en el sentimiento de la felicidad.
3. Comprometernos con nuestro trabajo desarrollando desde la conciencia aptitudes y actitudes que nos hagan más competentes.
4. Disfrutando del tiempo libre, realizando actividades que nos gustan y que se nos dan bien. Todos tenemos fortalezas que nos hacen sentir fuertes, diferentes y especiales.
5. Practicando la gratitud, ya que así es más probable que nos sintamos satisfechos. Tendremos esa sensación de bienestar que nos hace darnos cuenta de todo lo bueno que tenemos.

Y para la reflexión un pequeño cuento:

Era un maestro muy anciano y que siempre se había encontrado muy bien, pero se encontraba en la antesala de la muerte. Los discípulos no quisieron dejar pasar la oportunidad para preguntarle:

– Desde que te conocimos siempre has estado muy sosegado, muy armónico, pleno, contento. Por favor, revélanos tu secreto. ¿Qué has hecho para eso?
– Un día- repuso el anciano- me encontré inmerso en este cuerpo y en esta mente. O sea que se me habían dado estos instrumentos vitales para hacer el viaje de la vida. Ya que se me habían dado, me propuse que siempre los trataría con cuidado y con afecto, y así ha sido. Está en la naturaleza del cuerpo el decaer, pero mientras sea posible hay que cuidar con esmero estos instrumentos existenciales que son la mente y el cuerpo y mantenerlos armónicos.

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